Yoweri Museveni, de guerrillero por el pueblo a eterno presidente de Uganda

Kampala | EFE.-

Si de algo sabe Yoweri Kaguta Museveni, presidente de Uganda desde hace 35 años y quien liderará este país africano por un sexto mandato -según los resultados anunciados hoy por la Comisión Electoral- es de alzar las armas y mantenerse a flote.

El 26 de enero de 1986, tras liderar una guerra de guerrillas de un lustro y movilizar a una buena parte de la población civil, los combatientes del general Museveni tomaron la capital ugandesa de Kampala, arrebatando el poder a un sangriento Tito Okello.

En su autobiografía, el longevo mandatario (76 años) presume de haber encabezado el único grupo rebelde de África que, sin una base de apoyos y apenas unos pocos colaboradores externos, consiguió vencer a un Ejército profesional y liberar a su pueblo.

“Nuestra victoria no tiene precedentes en África, solo Cuba y posiblemente China hicieron algo comparable”, relata el mandatario en el libro “Sembrando la semilla de mostaza”.

Esa guerrilla allanó el camino hacia su presidencia, que empezó un día más tarde cuando, todavía vestido de uniforme, prometió a los ugandeses restablecer la democracia, construir un gobierno moral y crear una nación industrial, moderna y autosuficiente.

Entonces Museveni tenía 42 años, estaba en buena forma y le gustaba jugar al fútbol y al críquet con amigos que le describían como un hombre ambicioso, carismático e inteligente, pese a los augurios de voces más académicas que nunca llegaron a confiar en sus promesas grandilocuentes.

“Museveni era demasiado militarista. Pensaba que con el uso de las armas podría liberar algunas regiones y que eso serviría para atraer a otros (a su causa). Tenía la visión de conseguir el poder gracias al poder de las armas”, dijo en una conferencia en Kampala el profesor y activista ugandés Yashpal Tandon, quien conoció al guerrillero en los años 70.

A día de hoy, 35 años más tarde, el régimen de Museveni destina cerca del 10 % del presupuesto estatal a defensa y seguridad, y su Gobierno ha liderado una campaña electoral marcada por la represión de la prensa y los mítines de la oposición -con al menos 54 muertos-, además de bloquear el acceso a Internet pocas horas antes de los últimos comicios.

GRAN AMIGO DE OCCIDENTE

Según documentos desclasificados del Gobierno de los EE.UU., el servicio secreto norteamericano se quedó impresionado por la disciplina de los guerrilleros de Museveni cuando, tras tomar Kampala y al contrario de anteriores golpes de Estado, apenas se registraron violaciones o saqueos en las calles.

“Los rebeldes de Museveni mostraron sistemáticamente respeto por los derechos humanos y el Estado de Derecho durante la insurgencia”, relataron investigadores de la CIA, “y su comportamiento desde que asumió el poder ha sido responsable y humano”.

Sin embargo, necesitado de recursos para restaurar un país destruido por la inestabilidad política, pronto abandonó sus sonados discursos marxistas para abrazar políticas neoliberales del Banco Mundial y el Fondo Monetario Internacional (FMI) como uno de los principales aliados de Occidente.

En los comicios del 14 de enero, la embajadora de EE.UU. en Kampala, Natalie E. Brown, reprochó al Gobierno ugandés que hubiese denegado la acreditación al 75 % de sus observadores, a lo que el portavoz Ofwono Opondo respondió que -tras el asalto al Capitolio- EE.UU. era el menos indicado para “sermonear” o supervisar a otros.

Pese a ello, Uganda sigue siendo uno de sus socios principales en el campo militar y de cooperación, al ser considerado un baluarte de estabilidad en una región poblada por naciones ricas en recursos naturales y conflictos, como el este de la República Democrática del Congo (RDC) o Sudán del Sur.

CRISIS DE LEGITIMIDAD

Museveni logró mantener a Uganda entre las diez economías de más rápido crecimiento del mundo hasta hace solo una década, argumento que usa para justificar la permanencia sempiterna de su régimen, pero acusaciones de corrupción, nepotismo y una desigualdad galopante han deteriorado su legitimidad.

Este sábado, cuando la Comisión Electoral anunció su victoria con un 58,64 % de los votos a su favor, prácticamente todas las tiendas de Kampala estaban cerradas y las calles comenzaron a vaciarse por temor a posibles enfrentamientos entre las fuerzas de seguridad y simpatizantes del popular opositor Bobi Wine, quien con 38 años dice representar a toda una generación cansada de vivir “bajo una dictadura”.

Al poco de tomar el poder, Museveni alardeó en un discurso que el problema de África eran aquellos “líderes empeñados en aferrarse al poder”, finalidad por la que su propio Gobierno ya ha modificado la Constitución hasta en dos ocasiones: en 2005 para eliminar el límite de dos mandatos, y en 2017 el requisito de no ser mayor de 75 años.

Hoy, en un país donde el 80 % de los ugandeses son menores de 30 años, Museveni no representa ya un guerrillero, sino el único mandatario que conocen desde la cuna.

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