«Volcano boarding», o deslizarse sobre las faldas de un volcán en Nicaragua

El «volcano boarding» en el volcán Cerro Negro atrae a cientos de visitantes que quieren vivir experiencias extremas, un alivio para el turismo, golpeado doblemente por la pandemia y la crisis política que afecta a Nicaragua desde 2018 (AFP/OSWALDO RIVAS)
Por Julia RIOS | AFP.-

Anna caminó media hora cuesta arriba hasta la cumbre del volcán Cerro Negro con un solo propósito. Deslizarse a toda velocidad montada en una tabla por las faldas de este macizo. Es el «volcano boarding», atractivo turístico en Nicaragua.

Cerro Negro es un volcán de 728 metros, pequeño comparado con otros de la zona. Las erupciones que ha tenido ha cubierto su superficie con una capa oscura de cenizas y arena, como si se tratase de una loma desértica.

No emite fumarolas. Ha tenido 23 erupciones y una de las más violentas fue en 1992, que cubrió con ceniza y arena a gran parte del poblado de Lechecuagos, el más cercano al volcán, a 25 km de la colonial ciudad de León, en el oeste del país.

La última considerable fue en 1999 y «ya le toca» hacer erupción de nuevo, dicen los lugareños. Pero, lejos de causar temor, es un imán de turistas.

«Estás en un volcán activo, puedes caminar en la cima. Es muy interesante. Es muy rápido el deslizamiento en el volcán. Es muy peligroso, pero también mucha adrenalina», cuenta entre risas a la AFP la alemana Anna Müller, de 27 años.

En su veloz descenso, va dibujando una línea recta que deja una estela de polvo.

Como ella, turistas de Alemania, Holanda, Estados Unidos e Israel llegan hasta el volcán para disfrutar de 40 segundos de adrenalina al tope, que es lo que tarda el descenso.

«Hay que vivir la vida como si fuese el último día», dice Carina Mora, una surfista portuguesa de 29 años que esta vez cambió el mar por la arena de un volcán.

Recuperación del turismo

El Cerro Negro, en la cordillera de los Maribios, forma parte de la llamada Ruta de los Volcanes, instituida por las autoridades de turismo, y que incluye a varios colosos activos en la región del Pacífico.

Como hormigas en fila, los intrépidos visitantes llevan a cuestas unas tablas rectangulares pintadas de distinto color. Suben por un camino serpenteante, guiados por lugareños que celebran el regreso de los «cheles», como se les conoce a los extranjeros de tez blanca y cabellos claros.

Cada paso que dan hace que la ceniza se levante y vuele al viento.

Su presencia significa una fuente de ingreso para las familias del pueblo. Se trata de un alivio a una actividad golpeada, tanto por la pandemia de covid-19 como por la crisis política en la que está sumergida Nicaragua desde 2018.

Anna Müller dice que fue difícil volver a viajar por la pandemia, sobre todo con las restricciones que hubo en Alemania. «Aquí [en Nicaragua] es más abierto», considera. En esta nación nunca hubo cuarentenas por el covid.

En la luna

El deporte extremo de sandboarding en el volcán data de 2006 y en León hay al menos 12 operadoras de viaje que movilizan hasta 40 turistas a diario, cada una.

«Costó mucho para que regresara otra vez el movimiento (…) Es el único lugar, creo yo, en el mundo, que se puede hacer un boarding en un volcán activo, y eso le da un plus a la experiencia», dice Lesther Centeno, guía de Bigfoot, una de las empresas pioneras en el negocio.

El paquete turístico de unos 30 dólares incluye transporte al cerro, trajes de protección, tablas e instrucción para lograr un deslizamiento seguro.

«Es la mejor experiencia humana que puedes sentir; estás en contacto con la tierra, sientes el calor de la tierra. El inicio es un poquito cansado pero cuando llegas arriba y luego bajas es perfecto, quieres ir de nuevo», explica la surfista Mora.

Unos metros más allá, con la cara tiznada por la arenilla negra, el francés Cotte Guy dice que su experiencia fue «estupenda».

Mientras se quita el traje de protección, Guy bromea que se siente como un astronauta en la Luna. El paisaje en los alrededores del volcán es arenoso con grandes rocas y oquedades.

«Tres años en seco»

Desde diciembre comenzaron a llegar más extranjeros, pero «hemos pasado tres años en seco, el turismo fue un caos, solo viéndonos las caras», dice a la AFP el guardaparques Matilde Antonio Hernández, de 42 años.

Unas 12 comunidades asentadas en las faldas del volcán, con una población de 500.000 personas, se involucran de forma directa o indirecta en la atención a los turistas, estimo Hernández, miembro de un centro comunitario que resguarda el parque volcánico.

«Fue muy duro en esos años. Hoy en día está bonito el turismo, está avanzando a pesar de la crisis que hemos vivido y el covid» comenta Enrique González, otro habitante.

Según González, «llevando las tablas a los cheles», logran hasta 20 dólares diarios. También son proveedores de productos como frutas y hacen las tablas para sandboarding que venden o alquilan.

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