La agricultora ecuatoriana Lorena Valdez, creadora de una asociación que mejora la vida de mujeres afrodescendientes, reconocida por el IICA como Líder de la Ruralidad de las Américas

Lorena Valdez, una de las fundadoras de la Asociación de Mujeres Afroecuatorianas Timbiré en el Futuro (AMATIF)
San José | IICA.-

La agricultora familiar ecuatoriana Lorena Valdez, una de las fundadoras de la Asociación de Mujeres Afroecuatorianas Timbiré en el Futuro (AMATIF), que en los últimos 15 años ha sido un verdadero motor del desarrollo comunitario en una pequeña población de su país, fue declarada “Líder de la Ruralidad” de las Américas por el Instituto Interamericano de Cooperación para la Agricultura (IICA).

La distinción, denominada “Alma de la Ruralidad”, reconoce su trabajo a favor de la organización de agricultores y el empoderamiento de las mujeres rurales, que ha derivado en mayor productividad y mejor comercialización de los alimentos que se producen en Timbiré, una población de 2.000 habitantes en la provincia de Esmeraldas, la gran mayoría afrodescendiente.

El reconocimiento a los Líderes de la Ruralidad de las Américas es realizado por el IICA para premiar y dar visibilidad a quienes cumplen un doble papel irremplazable: ser garantes de la seguridad alimentaria y nutricional y al mismo tiempo guardianes de la biodiversidad del planeta a través de la producción en cualquier circunstancia. Se trata de hombres y mujeres que dejan huella y hacen la diferencia en el campo de América Latina y el Caribe.

El trabajo de Valdez y de AMATIF resulta un ejemplo positivo para las zonas rurales de las Américas, ya que instalaron una planta de transformación de cacao, con la que fabrican chocolate y otros derivados que se comercializan en toda la provincia y buscan llevar a mercados internacionales. Gracias al centro de acopio que funciona en la AMATIF, la comercialización se hace de manera colectiva, con lo que consiguen mejores precios.

El IICA, que considera a la agricultura como un instrumento para la paz y la integración de los pueblos, trabaja junto a sus 34 Representaciones en las Américas para la selección de los #Líderesdelaruralidad.

La campesina que combina el conocimiento ancestral y la agricultura del futuro

En 2007, cuando Lorena Valdez y otras once mujeres rurales de la población ecuatoriana de Timbiré decidieron asociarse, se preguntaron cómo deseaban verse a sí mismas en el futuro.

“Lo que queríamos era fortalecernos como mujeres –recuerda- y dar impulso al desarrollo de nuestras familias y nuestra comunidad. Acá reinaba el machismo y para muchos hombres era difícil aceptarlo. Entonces nos plantemos superar barreras, para convertirnos en mujeres empoderadas en los procesos productivos, sociales y políticos de nuestra tierra”.

Así, decidieron denominarse Asociación de Mujeres Afroecuatorianas Timbiré en el Futuro (AMATIF) y fijarse los objetivos de mejorar la producción agrícola, asegurar el acceso a alimentos saludables por parte de la comunidad, trabajar en el agregado de valor y buscar vías más rentables de comercialización. Tan bien les fue que el próximo 18 de julio cumplirán 15 años como un motor del desarrollo colectivo en esta población ubicada en la provincia de Esmeraldas, a unos 250 kilómetros de la frontera con Colombia.

En Timbiré viven unas 2.000 personas, en su gran mayoría afrodescendientes, y el medio de vida principal es la agricultura. Se trata de una tierra cálida con paisajes exuberantes, bañada por las aguas del río Santiago, donde se produce fundamentalmente cacao, plátano, cacao y café. “Yo digo que Timbiré es la sucursal del cielo. Aquí la gente es amable y acogedora. Y, además, hacemos el mejor chocolate”, se ríe Lorena.

La referencia al chocolate se debe a que la AMATIF, que hoy está integrada por 26 mujeres, es dueña de una planta de producción de derivados del cacao. Con mucho esfuerzo y sacrificio, allí producen no solamente más de 500 barras de chocolate a la semana, sino también bombones y diferentes productos comestibles.

“Buscamos fortalecer la agricultura familiar, porque aquí mucha gente tiene su finquita con plátano, cacao y algunos frutales. El trabajo asociativo es fundamental, porque la Asociación funciona como centro de acopio del cacao y allí hacemos la transformación en pasta o en dulce. Y también hemos innovado con nuevos sabores, gracias a la variedad de frutas que cultivamos aquí”, cuenta Lorena.

Las mujeres de Timbiré cultivan cacao fino de aroma, el cacao de más codiciado a nivel mundial, que se define por la riqueza de sus sabores. Ellas han mantenido las semillas gracias a los conocimientos que heredaron de sus padres y sus abuelos y realizan el trabajo agrícola controlando plagas y enfermedades a través de insumos orgánicos, para preservar el legado cultural y cuidar el ambiente.

“Estamos capacitándonos con el IICA para lograr una mejor comercialización de nuestros productos. Ya obtuvimos el sello de producto campesino y estamos trabajando en el establecimiento de una marca, Chocolate Timbiré, que todavía no está registrada”, dice Lorena.

“Hoy contamos –agrega- con registros sanitarios de seis de los productos que elaboramos. Hasta ahora solo los comercializamos en nuestra provincia, ya que para ir más lejos hay que cumplir con algunos parámetros regulatorios. Cada cosa que hacemos tiene el objetivo de que nuestro producto pueda ser vendido en los grandes supermercados a nivel nacional e internacional. Yo quisiera ver mi chocolate en Estados Unidos y en otros países. Sabemos que tenemos un buen chocolate. A nivel local ya se lo conoce pero queremos que se lo conozca a nivel internacional”.

Una vida ligada a la tierra

Lorena Valdez, que tiene 46 años, está casada y tiene cinco hijos, es hija de una familia campesina. “Cuando yo era niña, vivíamos del cacao y del plátano. En tiempos de cosecha del cacao, este se vendía a intermediarios que lo comercializaban y había para parar la olla, como decimos aquí. Con el plátano, lo que hacíamos era ir hasta la ciudad de Limones para hacer el trueque. Así, nos traíamos del mercado el pescado, el coco, el cangrejo, el camarón y la jaiba, mientras esperábamos que estuviera lista la cosecha del cacao”, recuerda.

Con apenas 12 años, ella dejó el campo y se fue a estudiar a la ciudad portuaria de Guayaquil. Tenía 22 cuando retornó a su tierra, en una decisión consciente y meditada. “En esos años en Guayaquil me di cuenta de que en el campo es donde está la vida. Aquí hay mejor salud, mayor bienestar y tranquilidad. En las ciudades hay demasiado sofoco, demasiada carrera. Mis primeros 12 años, luego del regreso a Timbiré, fui maestra comunitaria y luego me incliné por la agricultura y el trabajo asociativo”.

Los territorios de Timbiré son propiedad colectiva de las comunidades y eso les da a los campesinos y campesinas la seguridad sobre la tierra en la que viven y que es espacio para producir los alimentos, aunque también les trae dificultades para ser sujetos de crédito, por falta de titulación individual de las fincas.

“Algunas de las mujeres que integramos la Asociación tienen estudios y otras solo saben leer y escribir. Pero todas aman nuestra comunidad y quieren hacer un aporte a nuestra soberanía y seguridad alimentaria. Además, creo que lo interesante es que las ocho mujeres que están queriendo sumarse a la AMATIF son jóvenes. Eso refleja que valoramos la transferencia de conocimientos a las nuevas generaciones y que permanece el entusiasmo por la agricultura”, dice Lorena.

A través de talleres y capacitaciones, las mujeres de la AMATIF fueron creciendo y cumpliendo objetivos. Así, a sus conocimientos ancestrales agregaron saberes técnicos e innovaciones, que les permitieron adquirir resiliencia frente al impacto del cambio climático y mantener la productividad en épocas adversas. Se animaron, además, a tomar una motosierra, una podadora o una guadaña, herramientas que hasta hace no muchos años parecían reservadas exclusivamente a los hombres.

“Como mujeres –asegura- somos capaces de todo. Podemos ser parte del desarrollo de nuestro hogar y también potenciar las oportunidades comunitarias. Quienes estamos en el campo, tenemos la responsabilidad de producir alimentos para quienes viven en las ciudades. Yo estoy continuamente motivando a los más jóvenes; explicándoles que la vida en el campo no solo es más tranquila y saludable, sino que también da posibilidades de emprender y desarrollarse económicamente”.

“Un campesino o campesina –cierra- puede comercializar sus alimentos individualmente, pero a través de la organización se logra volumen y se puede abastecer una mayor demanda con mejores precios. Si hacemos un trabajo asociado no somos presa fácil de los intermediarios y no gana una sola persona, sino toda la comunidad”.

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