Roseau, Dominica, (IICA).
Vanya David nació y creció en la costa oeste de Dominica, en una comunidad donde la pesca y la agricultura siguen marcando la vida cotidiana. Su padre era pescador, su madre trabajaba la tierra y ese entorno familiar moldeó desde temprano su visión sobre la alimentación, el trabajo rural y la autosuficiencia. Hoy, resume esto en una idea que repite con convicción: «Lo que necesitas comer es lo que cultivas».
Además de mantener una pequeña producción para su familia —donde cultiva dasheen, un tubérculo ampliamente consumido en la isla y también conocido como taro o malanga; cush cush, una variedad local de ñame de textura seca; zanahoria y repollo—, Vanya ocupa un rol central en la organización comunitaria. Es presidenta del Dominica National Council of Women, una entidad que desde hace décadas impulsa la igualdad de género, la defensa de los derechos humanos y el desarrollo sostenible en toda la isla.
Formada como trabajadora social, lidera programas de prevención y respuesta ante crisis, acciones de fortalecimiento comunitario y proyectos conjuntos con entidades como el Ministerio de Agricultura de Dominica y el Instituto Interamericano de Cooperación para la Agricultura (IICA), especialmente en capacitación técnica para mujeres rurales.
Por su trabajo como líder social que promueve la autosuficiencia de las mujeres del campo de su país, y por su constante mensaje para destacar los valores de una alimentación sana que provenga de la naturaleza, Vanya fue reconocida como una de las Líderes de la Ruralidad de las Américas por el IICA. La líder social dominiquesa recibirá el premio Alma de la Ruralidad, creado por el organismo hemisférico para distinguir a las personas que hacen la diferencia en favor de la seguridad alimentaria y nutricional y la sostenibilidad en la región y alrededor del mundo.
Enfrentando el clima con invernaderos y ayuda internacional
Su mirada sobre la agricultura nace de lo vivido. Conoce las dificultades concretas que enfrentan muchos productores de Dominica, en particular las personas mayores. El acceso a los caminos rurales es, según dice, uno de los principales obstáculos: «Haces tu producción, la juntas en la finca, pero sacarla de ahí es el desafío». La falta de transporte accesible encarece los costos y limita la venta en mercados de otras zonas de la isla. Esa situación afecta sobre todo a las mujeres, que buscan independencia económica pero dependen muchas veces de terceros para llegar a sus parcelas o mover su cosecha. En algunas comunidades, deben caminar largos tramos o pedir traslados en motocicleta o camioneta, algo que incide directamente en la seguridad, en el tiempo disponible y en la continuidad de su producción. Para Vanya, reforzar ese acceso es indispensable para sostener la autonomía femenina.
El clima es otro factor decisivo. Dominica es un país donde el sol, la lluvia, las sequías o los vientos fuertes pueden cambiar en poco tiempo, y cada variación impacta en la producción. Por eso, explica, deben planificar con atención qué sembrar, en qué zona y en qué momento.
Con apoyo del Ministerio de Agricultura y del IICA, en los últimos años comenzaron a introducir invernaderos para mejorar la resiliencia de algunos cultivos. Sin embargo, no todas las áreas son aptas para instalarlos, por lo que los proyectos se implementan por etapas: primero en zonas accesibles y luego, si los resultados lo permiten, en otras comunidades. En este proceso también se evalúa qué variedades responden mejor a las nuevas condiciones. Vanya insiste en que no se trata solo de sembrar: se trata de entender el comportamiento del clima y anticiparse.
El trabajo de la organización que preside también alcanza al sector pesquero. En colaboración con instituciones multilaterales, buscan capacitar a mujeres en técnicas más seguras y eficientes para subir a los botes, manejar el equipo necesario y asegurar prácticas adecuadas de conservación del pescado. El transporte vuelve a ser un factor central: muchos pescadores de la costa deben desplazarse a zonas montañosas para vender allí donde están los compradores, lo que exige una planificación cuidadosa de costos y precios. Para David, encontrar ese equilibrio es fundamental para que los ingresos sean sostenibles y para que los jóvenes vean en la producción rural una oportunidad real.
Elegir los productos de la huerta
Cuando Vanya habla de los jóvenes, aparece una mezcla de preocupación y oportunidad. Muchos quieren dedicarse a la agricultura, dice la dirigente comunitaria, «pero necesitan tierra propia, financiamiento inicial y herramientas adecuadas», subraya. La disponibilidad tecnológica también influye: manejar sistemas de riego, usar invernaderos o acceder a capacitación requiere recursos y acompañamiento. En su propia familia, algunos de sus hijos siguieron vinculados al campo, mientras otros eligieron la educación o la contabilidad. Sin embargo, todos crecieron con el «background agrícola» que ella considera fundamental para comprender el valor de la producción local.
Su visión sobre la alimentación es directa. Vanya compara los productos frescos de las fincas con las opciones procesadas que predominan en las ciudades. Para dejar en claro su mensaje, apela a la descripción de una escena cotidiana que puede desarrollarse en cualquier gran supermercado, en urbes de todo el mundo: familias que «llenan el carro con mac and cheese, pastas rápidas y alimentos baratos pero poco nutritivos», lamenta.
Esa conducta, analiza, resume una tendencia creciente: personas ocupadas que eligen lo más rápido, aunque no siempre lo saludable. «La gente vive apurada y compra lo que es fácil. Pero fácil no siempre es bueno», dice David. Y resume esta idea con otra de sus frases clave: «Más producción de alimentos locales significa mejor nutrición».
Sabe también que la agricultura combina momentos de satisfacción con otros de gran dificultad. «La agricultura puede ser un placer, pero también puede ser un desafío», explica. El placer aparece cuando los productores tienen acceso a su parcela, reciben capacitación, cuentan con herramientas básicas y pueden manejar su tiempo. El desafío surge cuando la infraestructura falla, cuando las lluvias o la sequía obligan a replantar, o cuando el transporte vuelve inviable una venta que parecía segura.
Aun así, no duda en recomendar esta forma de vida. Para ella, trabajar la tierra —aunque sea a pequeña escala— ofrece un alimento más sano y una relación más equilibrada con el entorno. Lo resume con una claridad que atraviesa toda su experiencia rural: «es mejor cultivar lo que comes, y comer lo que cultivas».

