Andrea Ballestero, pescadora artesanal uruguaya que se abrió camino en una actividad históricamente reservada a hombres, es reconocida por el IICA como Líder de la Ruralidad de las Américas

Andrea Ballestero, pescadora artesanal de la Laguna de Rocha, en Uruguay.
San José, (IICA).-

El Premio Líderes de la Ruralidad es un reconocimiento para quienes cumplen un doble papel irremplazable: ser garantes de la seguridad alimentaria y nutricional y al mismo tiempo guardianes de la biodiversidad del planeta a través de la producción en cualquier circunstancia.

Andrea Ballestero, joven pescadora artesanal de la Laguna de Rocha, en Uruguay, que supo abrirse camino con esfuerzo en una actividad históricamente reservada a los hombres, fue distinguida como una de las “Líderes de la Ruralidad» de las Américas por el Instituto Interamericano de Cooperación para la Agricultura (IICA).

En reconocimiento, Ballestero, de 31 años y madre de una hija, recibirá el premio “Alma de la Ruralidad”, que es parte de una iniciativa del organismo especializado en desarrollo agropecuario y rural para dar visibilidad a hombres y mujeres que dejan huella y hacen la diferencia en el campo del continente americano, clave para la seguridad alimentaria y nutricional y la sostenibilidad ambiental del planeta.

Ballestero nació, se crió y vive en una población de apenas 22 familias en el departamento uruguayo de Rocha, a orillas de la laguna del mismo nombre, que se conecta periódicamente con el océano Atlántico a través de un sistema natural de apertura y cierre de barras arenosas.

Hace cinco generaciones que la familia vive de la pesca, que se realiza en la laguna con embarcaciones de unos 6 metros de largo. En la zona las mujeres siempre se dedicaron a las actividades en tierra, como sacar los pescados de las redes y cortarlos para su comercialización, pero no solían salir con los barcos a pescar. Andrea, sin embargo, aprendió la navegación y la pesca mirando a su familia, no se conformó con quedarse en la orilla, y hoy tiene su propia embarcación, con la que cada madrugada sale a pescar y así participa en todas las etapas de la producción, porque también trabaja en el procesamiento.

“Mi mamá y mi abuela trabajaban en tierra. Si los hombres las sacaban a la laguna era por un ratito, porque tenían que quedarse para ocuparse de los hijos y de las cosas de la casa, pero yo a los 16 años supe que quería salir a pescar y hoy tengo mi propia embarcación”, relata.

Andrea y su familia viven de la pesca que se realiza en la laguna con embarcaciones de unos 6 metros de largo.

Además, junto a otras ocho mujeres instalaron un restaurante llamado Cocina de la Barra, que sirve platos típicos preparados con pescados frescos de la laguna a los turistas que llegan en busca de las playas y el sol del departamento de Rocha. Este proyecto tuvo el apoyo económico de la Dirección General de Desarrollo Rural (DGDR), que pertenece al Ministerio de Ganadería, Agricultura y Pesca de Uruguay.

El Premio Líderes de la Ruralidad es un reconocimiento para quienes cumplen un doble papel irremplazable: ser garantes de la seguridad alimentaria y nutricional y al mismo tiempo guardianes de la biodiversidad del planeta a través de la producción en cualquier circunstancia. El reconocimiento, además, tiene la función de destacar la capacidad de impulsar ejemplos positivos para las zonas rurales de la región.

Arraigo y cuidado ambiental

“He hecho muchos trabajos, pero siempre vuelvo a la pesca porque parece que la laguna me llama. Aprendí todo de mis padres y de mis abuelos y elegí la pesca. Es una actividad sacrificada, especialmente para una mujer, porque nosotros somos pescadores migrantes. En temporadas nos vamos a pescar a otras lagunas, donde tenemos que dormir en carpas o en casitas de madera por varias semanas. Pero vivimos bien y estoy convencida de que la pesca tiene futuro”, explica Andrea.

“Fui aprendiendo el trabajo de a poco, desde muy chica –continúa- y a los 16 años me di cuenta que yo podía hacerlo. Para salir a la laguna me faltaban la chalana (embarcación), el motor fuera de borda y el material. Mi padre me regaló una embarcación, me animé a salir, fui juntando lo necesario y hasta hoy no puedo dejarlo porque es lo que me gusta”.

La Laguna de Rocha, donde Andrea vive con su familia, tiene un gran valor desde el punto de vista ambiental. De hecho, forma parte del Sistema Nacional de Áreas Protegidas (SNAP) de Uruguay. Son unas 22.000 hectáreas, que incluye las 7.200 de cuerpo de agua, lomadas, llanuras, la franja costera y parte de la plataforma oceánica. También tiene reconocimiento internacional: desde 1977 es Parque Nacional Lacustre y reserva mundial de biosfera de la UNESCO y desde 2015 es un humedal con relevancia internacional según el listado de la Convención Ramsar, tratado intergubernamental que ofrece el marco para la conservación y el uso racional de los humedales y sus recursos.

“La laguna mezcla agua dulce y salada, porque se conecta con el mar y también con varios arroyos. Nosotros tenemos permiso para pescar en la laguna de Rocha y en otras lagunas. Yo salgo con el barco a las 3 o 4 de la tarde, dejo las redes puestas, vuelvo a mi casa y al otro día a las 4 de la madrugada ya estoy levantada para ir a recoger la pesca. Luego desmallamos el pescado, lo llevamos a la sala de fileteo y a veces la jornada no termina hasta las 5 o 6 de la tarde, cuando viene el comprador y se lleva la producción del día”, cuenta Andrea.

Ella forma parte de la Asociación de Pescadores de Lagunas Costeras (APALCO), que ya integraban sus padres y que trabaja en forma cooperativa en la pesca de especies como camarón, lenguado, corvina, pejerrey y cangrejo sirí.

“Nuestra comunidad –explica- cuida los recursos. No explotamos todo a la ligera porque no se trata de eso. Jamás pescamos en los arroyos, por ejemplo, porque ahí es donde las especies van a reproducirse. Solo pescamos los peces más grandes en la laguna. Si alguien pesca en los arroyos, inmediatamente la autoridad les saca las redes”.

En su afán de crecimiento y desarrollo, hace ya siete temporadas que Andrea y otras 8 mujeres comenzaron con el restaurante Cocina de la Barra, en el que cocinan y venden los pescados de la laguna. En temporada de verano atiende más de 100 comensales por día y así concretaron un proyecto anhelado.

“Fui aprendiendo el trabajo de a poco, desde muy chica y a los 16 años me di cuenta que yo podía hacerlo”, Andrea Ballestero.

“Nos costó mucho –recuerda- decidirnos y empezar. Siempre pensábamos en lo que iban a decir de nosotras si no nos iba bien. Teníamos mucho miedo a fallar, pero nos atrevimos y lo conseguimos. Por eso a las mujeres que están en la producción de alimentos les digo que se animen. Que no estén a la espera de que alguien las ayude o la empuje. Anímense y luchen por lo que quieren porque el mundo nos necesita y estoy convencida de que esta actividad tiene futuro”.

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